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Hay quien habla con las plantas, y hasta existe como tratamiento en algunas terapias. De lo que no hay constancia aún es de que la conversación pueda ser bidireccional, es decir, que las plantas respondan. Si pudieran hacerlo, algunas de las que hay en los jardines de la ciudad exigirían que fuera Inés Robles las que las cuidara
No es que el resto de los jardineros no pongan el mismo empeño, es que cada cual tiene unas virtudes y una de las suyas es mimar las zonas verdes, sobre todo ahora en verano que soportan temperaturas muy altas. «Pasamos mucho calor, pero qué le vamos a hacer. A mí me gusta mi trabajo. He trabajado en otras cosas, pero como esto en nada».
Su jornada empieza temprano. A esa hora, por lo menos, se libra del sofoco. «A las seis de la mañana estoy en pie y a las seis y media estoy saliendo para el trabajo. No desayuno, me tomo un café pelao en el bar y luego a las diez ya me desquito con una buena tapa y un refresco. En agosto tenemos jornada continua de ocho horas, entramos a las siete, pero en invierno lo hacemos a las siete y media».
«Lo que peor se lleva a hora es el calor. Siempre llevo una gorra y una buena botella de agua. Días atrás ha sido horrible, y si el jardín está en el sol, ahí te tienes que quedar. Me queda el consuelo de que los fines de semana me voy a mi pueblo, Almaciles, en la Puebla de Don Fadrique. Allí hace mucho fresquico. Además, ahora en septiembre tengo vacaciones».
Lo que peor lleva es la cantidad de basura que encuentra. «La gente echa de todo. papeles, botellas, cartones. Las botellas de cristal se rompen y eso es muy difícil de quitar. Los niños a veces pisan y es un riesgo para ellos. Somos un poco marranos. A veces ves que tienen la papelera al lado y en vez de levantarse lo tiran directamente al jardín. Eso no me parece bien, porque así nunca podremos verlos limpios».
Ayer pillamos a Inés limpiando dos jardines de la calle María Agustina. La estampa era un poema. Parte de la tierra no se veía. Lo que sí saltaba ala vista era un bote de batido de chocolate, otro de refresco de cola, un botellín de cerveza y chirriantes bolsas de patatas fritas vacías que competían por el hueco con los restos de un pastel.
Cuando termina la faena le queda poco tiempo para pensar en pasar en tiempo libre. «Tengo que hacer las cosas de la casa y la comida y todo eso. Yo soy una mujer con familia y eso es otro empleo añadido. A la playa no suelo ir».
No todos los jardines son iguales, y no a todos se les quiere por igual. «No, que va. Yo tengo mi preferido. Los jardines del Calvario me encantan. Siempre me ha gustado esa zona porque además es la que veo desde el balcón de casa».
Fuente: http://www.laverdad.es Fecha: 20/08/2008 |
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